Reportaje - Ciclo #1​

Imagen y texto: Miguel Winograd 

“…porque a esta pobre patria no la conocen sus propios hijos...” – J.E. Rivera, La Vorágine

*Este reportaje fotográfico fue realizado durante el año 2017.

 

 

El año 2016, en el espacio de un par de meses, el público en Colombia asistió atónito a una sucesión vertiginosa de acontecimientos políticos: se firmó un acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC con miras a acabar con el conflicto armado más antiguo del hemisferio, el electorado lo rechazó—por un margen exiguo—en un plebiscito amañado por una campaña de desinformación, el Presidente fue laureado con el premio Nobel de la Paz, el gobierno revisó el acuerdo para acomodar algunas demandas de la derecha y el Congreso de mayoría oficialista lo aprobó pese a la oposición recalcitrante. El acuerdo se comenzó a implementar entre todo tipo de contratiempos y dificultades.

Algunos sociólogos que estudian la formación del estado denominan zonas grises a los lugares donde un estado limitado e ineficaz no puede ejercer el monopolio de la fuerza—territorios donde prevalecen redes privadas de poder y coerción que suplantan las funciones de la autoridad central o cooptan de distintas maneras a los funcionarios que supuestamente las ejercen. La guerra en Colombia se ha desarrollado principalmente en este tipo de espacios. Aunque se asocian con las regiones rurales periféricas, en realidad las zonas grises están por todas partes—desde la selva hasta una esquina en el centro de Bogotá. Colombia, con su cultura política leguleya, es un país medio esquizofrénico.

Siempre sentí la necesidad de conocer ese otro país que he estudiado pero que figuraba en mi paisaje mental como una abstracción más o menos espectral. Últimamente he visitado algunos de los territorios rurales donde han confluido muchas de las fuerzas destructivas del conflicto colombiano—control territorial de grupos criminales, cultivos de coca y campañas de erradicación, economías extractivas, ausencia o negligencia estatal, conflictos por la tierra, abusos militares rutinarios, etc. En fin, he conocido un poco esas zonas grises del país que sobreviven en un limbo terrible y cuyas poblaciones (principalmente comunidades campesinas, indígenas y negras) padecen todos los efectos brutales de la violencia. El concepto de zona gris también alude a todas las matices y ambigüedades que caracterizan las complejas dinámicas de poder de estos lugares, y que complican las interpretaciones habituales. En política, así como en fotografía, son escasos los blancos y negros absolutos.  

En 2017 visité dos campamentos donde están recluidos los ahora excombatientes de las FARC—Zonas Veredales de Transición y Normalización o ZVTN. Retraté a guerrilleros muy jóvenes que entraron al grupo armado por ser una de las pocas o únicas opciones que tenían al haber nacido en donde lo hicieron. Muchos combatieron desde los 11, 12, 13 años. Ahora esperan, juegan fútbol, conversan, sueñan, se aburren. Algunos comienzan a aprender oficios: panadero, músico, sastre, obrero, electricista, periodista. Son gente normal pese a de todo.

¿En qué medida sirve la fotografía para documentar la ambigüedad? La verdad es que todavía acecha el peso de la desconfianza mutua. Quizá al final lo único que quede por registrar sea la distancia.

Miguel Winograd es un fotógrafo colombiano actualmente basado en Bogotá (web  / Instagram)

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