Chile, crisis y actualidad, ¿con qué fragmentos del pasado construiremos lo nuevo?


Rafael Andrade


“Actualmente, vivimos una crisis en el verdadero sentido del término, es decir, un momento de decisión. (En los escritos hipocráticos, la krisis, la crisis de una enfermedad es el momento paroxístico al cabo del cual el enfermo morirá o bien, por una reacción salvadora provocada por la crisis misma, comenzará su proceso de cura). Vivimos una fase de descomposición”.


Castoriadis. C, El avance de la insignificancia




Esta respuesta ofrecida en 1995 por el filósofo, sociólogo, economista y psicoanalista greco-francés Cornelius Castoriadis, puede ser considerada una lectura de época, un corte radical que define las condiciones en que se juegan las últimas consecuencias en torno a la consolidación del proyecto capitalista contemporáneo: sociedades a la deriva, en las que gobierna la privatización y la exacerbación del individualismo; la fractura casi insalvable entre la sociedad civil y la institucionalidad política; el desinterés y el retiro al conformismo; la glorificación del consumo y el progreso tecno-económico. Estas son algunas de las características de las sociedades occidentales y aquellas occidentalizadas, significaciones que se encuentran en las más diversas instituciones[1], y posibilitan la constitución de un tipo antropológico particular.


Para Castoriadis, “desde la perspectiva que se tiene a fines de los ochenta, el período que se da a partir de 1950 se caracteriza básicamente por la evanescencia del conflicto social, político e ideológico”.[2] La ausencia de confrontación ha permitido que la influencia se haya extendido sobre las sociedades y los individuos que la conforman hasta hacerlos incapaces de reflexionar lúcida y críticamente sobre el sentido y significación de las instituciones que condicionan sus vidas.

Walter Benjamin señala que “jamás se da un documento de cultura sin que lo sea antes de barbarie”[3]. Los avances de la tecnología y su masificación, la socialización como negocio, han subvertido sus posibilidades y se han transformado, de alguna u otra forma, en un medio alternativo, en un espacio que disputa terreno al discurso oficial. La sociedad panóptica, de la vigilancia y la disciplina pierde su primacía ante las cámaras portátiles de miles de ciudadanos que registran lo que ocurre a cada minuto y lo transmiten al mundo de forma instantánea. El observador es observado, el orden, la fuerza y el poder se desnudan en una cámara de espejos.


Castoriadis, que logró ser testigo de la privatización de la vida y la fase regresiva de la lucha social, no alcanzó a observar cómo mercado y tecnología se masificaron, instalando la comunicación como un eje de su proyecto mercantil. En la actualidad, millones de personas en el mundo tienen celulares con acceso directo a internet que en segundos nos muestran como quinientas mil personas marchan en Barcelona rechazando la sentencia de un Tribunal Supremo a un grupo de manifestantes hongkoneses defendiéndose con creativas tácticas de los ataques de la policía.


Sin embargo, también aquella fragmentariedad social, la descomposición de la que habla Castoriadis, ha sido puesta en duda en los últimos años. El problema es el grado de politización de los distintos actores sociales, las diferencias de grado existentes entre las comunidades e identidades que han surgido en el contexto de la occidentalización de la cultura y, por otra parte, un proyecto histórico-social de autonomía que se ha reconfigurado y constituido en base a una tradición política de lucha histórico-social.

Para el caso chileno, parte de la actual ciudadanía es heredera de la “transición autogestionaria de la ciudadanía popular”[4], es decir, la reconstitución del tejido ciudadano a través de distintas prácticas de asociación y solidaridad en los tiempos de tiranía y abandono, donde los principios de fraternidad, el diálogo, la deliberación y la autogestión, fortalecieron la unidad de los sectores populares, quienes se reconocían en una historia social propia, construida por ellos mismos.

Si tuviésemos que hacer una cartografía de las identidades de este movimiento social nos encontraríamos con grupos que se configuraron durante los años 90 y 2000 en torno a subculturas y tribus, tendencia que suele a ser despolitizada pero no por eso menos orgánica, al contrario, poco a poco han territorializado su presencia, actuando en el espacio público, marcando la ciudad con su actividad. Por otro lado, también existe dentro de la ciudadanía movilizada una parte que sí está sujeta a una tradición política, que comprende y reflexiona sobre los hechos desde una ideología, un locus de interpretación del contexto de crisis que forma parte de organizaciones de base de partidos políticos o tendencias que operan fuera del sistema, tal es el caso de las corrientes libertarias y anarquistas.

La fuerza de los movimientos sociales se fragua lentamente por debajo del orden gubernamental y la capacidad de racionalización de la clase política. Son históricos y arrastrados por fuerzas subterráneas que cristalizan y emergen en momentos donde lo que verdaderamente está en juego es la posibilidad de “un futuro”. Por eso, las demandas de la ciudadanía: salud, educación, sueldos, pensiones, entre otros, están relacionadas con la vida como criterio de un mañana. Un cartel de una señora durante las manifestaciones señala: “Al Congreso: si no suben las jubilaciones, al menos aprueben Ley de eutanasia”. Esa es la voz de las calles, una voz acosada por una pulsión de muerte, pues ya nada les asegura ni a ellos ni su potencial descendencia, una vida que valga la pena ser vivida.

El proyecto de autonomía es, precisamente, el portador de aquel fuego prometeico, el movimiento histórico de lucha por la autoinstitución explícita de la sociedad, el proyecto que anima “la lucha por la emancipación del ser humano, tanto intelectual y espiritual como efectiva en la realidad social”[5]. La sociedad, es lo que es, porque sus instituciones se solidifican y consolidan en un magma de significaciones imaginarias sociales creados por la misma sociedad, estas actúan como referentes activos en la identificación y creación de cada de individuo. Castoriadis lo anuncia de esta manera: es sumamente difícil formar individuos autónomos en una sociedad no autónoma. Sin embargo, lo instituyente, lo móvil, la creación, el fuego, marcha hacia la generación de instituciones que reconquisten la participación y el ejercicio del poder ciudadano, de tener injerencia en las decisiones que afectan realmente sus vidas, mundo muchas veces ignorado por aquellos que gobiernan las naciones bajo democracias deslegitimadas.


Si la crisis, como responde Castoriadis en la cita que inicia estas divagaciones, es aquel momento donde el cuerpo solo tiene dos caminos ante los embates de la enfermedad (adviene la cura o la muerte), el cuerpo, no lo olvidemos, permanece radicalmente vivo. La crisis es aquella instancia donde los sentidos y significaciones imaginarias que animan las instituciones de la cultura tambalean, una disputa territorial entre el sentido y el sinsentido, entre lo sensato y lo a-sensato[6], entre lo indeterminado y la determinación, entre lo instituyente y lo instituido. El movimiento histórico de las sociedades se enfrenta con el problema de su propia institución y, dentro de lo histórico-social, a ella le corresponde deliberar lúcida y reflexivamente su futuro.

No debemos temerle a las “pasiones instituyentes”[7]-yo no les temo, lo hemos hecho antes, el advenimiento de lo nuevo es el movimiento de la cultura, de la antropogenia. Con todo, políticamente debemos preguntarnos, ¿con qué fragmentos del pasado construiremos lo nuevo?, ¿qué cargas arrastran esas pasiones autónomas? Arendt nos diría: ¡Cuidado con los prejuicios, ya que históricamente también caminan junto al sentido común de las sociedades! Y tiene razón. En el momento del comienzo, todo es posible, en la democracia, alejada la perfección, también todo es posible: lo bueno, lo malo y lo que está más allá de ambos. De allí la terribilidad, el vacío del sentido y el silbido del magma de significaciones bullendo, reconfigurándose, de esa clausura, que es la institución de nuestra propia sociedad, abriéndose hacia el futuro, aquel que deliberaremos en conjunto, con juicio, prudencia, responsabilidad y lucidez, hacia lo imprevisible.

El poder constituyente definido por el historiador chileno Gabriel Salazar es “el que puede y debe ejercer el pueblo por sí mismo- en tanto que ciudadanía soberana- para construir, según su voluntad deliberada y libremente expresada, el Estado (junto al Mercado y la Sociedad Civil) que le parezca necesario y conveniente para su desarrollo y bienestar”[8]. Con todo, debemos insistir en que esa fuerza ilimitada y persistente requiere de la misma potencia en cuanto a responsabilidad y autolimitación: saber que se puede hacer todo pero que no se puede hacer todo, que las pasiones deben encontrar un refreno temporal en la creación de un orden y sus virtudes políticas para una vida en comunidad, en un ciudadano que, como anunció Aristóteles, sabe gobernar y ser gobernado, educado críticamente para cuestionar la ley y proponer otras nuevas, educado para el orgullo y la dignidad, para exigir justicia y reparación allí donde los límites hayan sido sobrepasados y, por último, preparados para nuevamente dar un orden a ese caos del cual provenimos.


Rafael Andrade es profesor de historia y geografia.


[1] Castoriadis define “institución” como: “el conjunto de herramientas, del lenguaje, de las maneras de hacer, de las normas y de los valores, etc.”. En: “Una sociedad a la deriva”. Entrevistas y Debates.1974-1997. Buenos Aires, Katz Editores, p. 77.

[2] Castoriadis. C. “La época del conformismo generalizado” En: “El mundo fragmentado”. La Plata: Terramar, 2008, p.21.

[3] Benjamin. W. “Tesis sobre el concepto de historia”. En: “Iluminaciones”. Taurus, 2018, p. 311.

[4] Salazar. G. “En el nombre del poder popular constituyente (Chile, Siglo XXI). Santiago de Chile, Lom, 2011, p. 24

[5] Ibíd. Eudeba, Buenos Aires, 1997, P. 112.

[6] “Como tal, la historia no es “sensata”: la historia “no tiene sentido”. La historia es el campo en que se crea sentido, en el que emerge el sentido. Los seres humanos -los anthropoi- crean sentido; y pueden crear lo que es totalmente a-sensato”. Castoriadis.C. “El destino de los totalitarismos”. En: Los dominios del Hombre. Las encrucijadas del laberinto. Barcelona, Editorial Gedisa, 1988, p. 51.

[7] Sófocles. Antígona. Madrid, Editorial Gredos S.A, 2000, p.90. V. 354-369: “Se enseñó a sí mismo el lenguaje y el alado pensamiento, así como las civilizadas maneras de comportarse.”

[8] Íbid.Lom, Santiago de Chile, 2011, p.

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