Ensayo sobre el cansancio, Peter Handke

Alianza Editorial, 2019, 78 págs.


Por Rafael Andrade



Hay una escena de Vivir su vida (Jean Luc Godard, 1962), en la que la protagonista sostiene una conversación con un filósofo en un café. El tema de la conversación es el lenguaje y la propia incapacidad de decir lo que se piensa, esa continua traición que sufrimos de parte de las palabras respecto de aquello que en nuestra interioridad se manifiesta tan vívidamente. El dilema no sería saber lo que se quiere decir, sino simplemente decirlo. El filósofo, atento a lo que propone la protagonista, decide ahondar en el problema recordándole un pasaje de Veinte años después (Vingt ans après), la segunda novela de la trilogía de los mosqueteros escrita por Alexandre Dumas:


“Tenemos a Porthos […] el alto, el fuerte, un poco bruto. No pensó en toda su vida ¿comprende? Él tiene que poner una bomba en un subterráneo, hacerla estallar. Lo hace. Coloca la bomba, prende la mecha, luego sale corriendo..., naturalmente. Pero de golpe, se detiene; se pone a pensar… ¿En qué piensa? Se pregunta cómo es posible que pueda poner un pie delante de otro ¿Esto también le ha ocurrido a usted, sin duda ¿no? Entonces deja de correr, de andar; no puede avanzar más. Todo explota, el subterráneo le cae encima. Lo sostiene con los hombros. Pero tras un día o quizás dos, es aplastado, muere. La primera vez que pensó, murió”.


La recomendación del filósofo es que, para decir lo que se piensa hay que callar, que el acto del habla es un eterno vaivén entre la palabra y el silencio. Para expresar lo que se quiere decir con total franqueza se debe primero haber pasado por la muerte del no decir, vivir la continua experiencia de muerte que significa callar. En el ejemplo, la acción de Porthos sucumbe ante el pasmo de un pensamiento relampagueante. El cuerpo se paraliza ante la constricción de la duda, en este caso, la más cotidiana y acerca de lo más cercano, es decir, aquella que se pregunta por la potencia del propio cuerpo.

En Ensayo sobre el cansancio, el escritor Peter Handke vuelve a la ya clásica dicotomía entre la vida activa y la vida contemplativa, o, mejor dicho, vuelve para situarse entre ambas e intentar enunciar la experiencia del cansancio. Sin embargo, ¿qué es lo que de atrayente puede tener el cansarse? A diferencia del agotamiento físico, el cansancio es una transformación, una ascesis estética de temple afable y disposición ontológica abierta, un modo de estar en el cual el ser de todo ente es restituido en su más absoluta bondad: en la nudez de su pura inscripción en la voz del narrador que trata de comunicarla. Así, el cansancio no significa un retirarse del mundo, la visión del cansado no se corresponde con una suerte de aislamiento, sino más bien un implicarse retirándose. Suena extraño, pero quizás una de las fibras centrales del relato se resume en la pregunta ¿En qué sentido es la contemplación una acción? Handke irá respondiendo esta interrogante a lo largo del diálogo con su Yo-Mismo, recurso que sostiene como una firme viga ante la ausencia de una trama, que si bien no echamos de menos, utiliza para adentrarnos en el terreno del cansancio.


El diálogo es, además, la revelación del propio límite de la comunicabilidad del estado de cansancio. El Yo inquisidor demanda precisión y eficacia a la hora de expresar con claridad su cansancio más propio. No obstante, este cansancio de nosotros, aquel que narra su mundo, tampoco es una disposición común entre los seres humanos, y ese, precisamente, es el acuerdo entre Handke y el filósofo Byung Chul-Han quien en su libro La Sociedad del Cansancio (Herder, 2012), indica que muchos optan por el camino del agotamiento, pues los más viven continuamente en la introyección de una impropiedad y nunca estarán lo suficientemente cansados, siempre podrán exigirse un poco más, son máquinas esforzándose por acabar libremente con su espíritu para cumplir con las expectativas que la sociedad del rendimiento propone. Aunque estas sean ajenas, son arrastrados ciegamente por la fuerza y violencia de la cultura, separándonos, alejándonos de cualquier sentido de comunidad.


Y es que el cansancio reúne lo cansado y lo comunica, aquellos que también son cansados se revelan al espectador no como un afuera, sino en su más íntima consustancialidad. Así, el que atiende la escena toca y es tocado, mira y es mirado, realza y es realzado mientras el Yo se empequeñece, aceptando que el mundo sea y le participe como bloques de imágenes que lo sosiegan y se resuelven en la indiferencia con todo aquello que lo rodea: es el nacimiento del mundo en la voz del que narra la experiencia del cansancio, la afabilidad de la lengua que da un lugar a todo aquello que aparece, una potencia, que patentiza la narración de una inacción.


El lenguaje restituye un mundo, de esta forma, el dejar-hacer no significa retirarse para que otros actúen, sino un estado de sosiego y apertura donde los sentidos dispuestos hacia los acontecimientos dejan de tener ese Yo, que continuamente nos ilusiona con la estabilidad del afuera que es siempre un adentro. Con todo, así como Porthos, que sucumbe ante el pensamiento que pregunta por la potencia de su propio cuerpo, Handke debe asumir también su fracaso, acudir al llamado de su bella muerte. Si lo común, como señaló Heráclito, es el logos, lo verdaderamente cierto es la imposibilidad de decir la última palabra, de realizar el último gesto, de ganar la última batalla con lo indecible, y lo que nos queda, que es mucho, es dar una digna afrenta, una pelea que al menos nos haga justicia como contendores. Handke da una digna y esperanzadora pelea con el cansancio, con la lengua que restituye al cansancio su lugar en el mundo.

El tono del cansancio en Handke, nos remite a otros escritores tales como Thomas Bernhard en (Anagrama, 1981) y al gran escritor uruguayo Mario Levrero en su Diario del Canalla (Literatura Random House 2015) o La Novela Luminosa (Literatura Random House 2016). Del primero, el soliloquio de la desesperación que arrastra cargas pesadas. Del segundo, una pasión desbocada en agotar lo mínimo, entregándose al misterio de la inmanencia, al “eso más” que se encuentra en el límite de lo decible pero que logra aparecer, de tanto en tanto, en la lengua. Por último, cómo olvidar aquel breve relato de Kafka en “Contemplaciones” (1913) llamado “La ventana a la calle” donde apunta:


“E incluso si no buscara nada y solo se acercara al antepecho como un hombre cansado que pasea su mirada entre el público y el cielo, y no quisiera mirar y hubiera echado un poco atrás la cabeza, los caballos, abajo, lo arrastrarían con su cortejo de carruajes y de ruido hasta acabar sumiéndolo en la concordia humana”[1].


Kafka, al igual que Handke, forman parte de la comunidad de los cansados, una comunidad que se espacia allí donde lo realmente trascendente es hacerle un lugar a todas las cosas para que simplemente aparezcan y revelen como aquello que son: pura exposición, el lugar de lo más propio del ser que viene y que entrevé el filósofo italiano Giorgio Agamben[2], un ser “cual sea”, una singularidad, “el ser tal que, sea cual sea, importa”. La amabilidad del cansancio nos arrastra hacia la indiferencia, y como Handke, busca una reconciliación secreta pero imposible con la comunicabilidad de la experiencia del sosiego como potencia activa del ser.

[1] Franz Kafka. Ante la Ley. Debolsillo,2014, pág.69. [2] Giorgio Agamben. La comunidad que viene. Pre-textos, 2006.

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